"¡Atlántico infinito, tú que mi canto ordenas!."

Tomás Morales - Oda al Atlántico XXIV

William González: “Soy hijo de la marginalidad y mi poesía deambula entre los márgenes de la crudeza de la vida”

Adrián Haro Arroyo

Cubierta del libro Cara de crimen

William González Guevara nació en Nicaragua en el año 2000. Desde su infancia, su futuro parecía ya estar escrito. Aquella existencia destinada a convertirse en un pandillero despiadado más en las calles de Managua, no se fraguó nunca porque el destino tenía reservado otros planes para el joven. En 2007, su madre se armó de valor y decidió huir lejos sin mirar atrás, abandonando su puesto como administradora de empresa. De esta manera, su familia emigró a España para instalarse en el madrileño barrio de Carabanchel cuando William tenía apenas 11 años. Con esa edad escribió su primer poemario. Desde entonces, el escritor ha estado al servicio de la poesía y se han vuelto compañeros inseparables.

En tu obra buscas “apuñalar al lector para que piense en lo afortunado que es”. ¿Consideras que no somos conscientes de lo privilegiados que somos?

Es complicado que un poeta joven del panorama español sea capaz de escribir un poemario como ‘Cara de crimen’. Yo entrevisto a poetas jóvenes desde los 17 años cuando empecé a hacerlo. Tanto de Centroamérica como de España, luego me di cuenta que era inútil seguir haciéndolo. Simplemente, porque al panorama español no le interesa lo que se escribe al otro lado del Atlántico. Sin embargo, hay jóvenes autores centroamericanos que sí saben lo que se está haciendo aquí. Si tú solo has visto una realidad y tienes cero empatía por el prójimo, es normal que vivas en una burbuja repleta de comodidades. A los jóvenes españoles les suele dar igual el exterior literario centroamericano.

Dicen que el destino está escrito, pero está claro que en tu caso no fue así. Decidiste empuñar la palabra en lugar de un arma de fuego. ¿Cómo tratas de representar la violencia en tus obras sin caer en lo morboso?

Respetando la tradición. En España hay gente que publica poemarios sin haber leído poesía. ¡Es absurdo! Luego está esa nueva secta de gente que se apunta a cursillos poéticos para ganar premios, escribir ‘mejor’… ¡Por el amor de Dios! Si quieres escribir poesía, lee a Góngora, Quevedo, Darío, Alberti, Pablo Antonio Cuadra… Si hay algo que agradezco a los críticos es que me hayan alejado de esa calaña poético-activista que no respeta la tradición literaria. El fin de la poesía no es hacer activismo político. El fin de la poesía no es el morbo, pues para eso tenemos la prensa rosa que lo hace mejor. Yo soy un poeta comprometido cívica y literariamente que escribe la literatura de su tiempo. Una época convulsa y herida.

Con tu poemario también pretendes visibilizar las condiciones deplorables de las empleadas del hogar. ¿Cuál es el papel que juegan en tu obra?

El homenaje a las empleadas del hogar lo hice en ‘Inmigrantes de segunda’ (Hiperión, 2023). Mi madre tiene sus huesos desgastados por haber dedicado la mitad de su vida al sector de la limpieza. En el fondo, todas esas mujeres que limpian portales, hoteles, oficinas… son invisibles. En concreto, el sector de las empleadas del hogar, se compone de mujeres migrantes. En la poesía, un género tan elitista y repleto de puretas privilegiados, las vidas rotas y explotadas apenas tienen espacio. No sucede eso en mi poesía. Yo soy hijo de la marginalidad y, por consiguiente, mi poesía deambula entre los márgenes de la crudeza de la vida. 

Para ti, leer es más importante que nunca. ¿Acaso la lectura está en crisis o ya no sabemos leer?

El escritor William González.
Fotógrafo: Alfredo Urdaci

La gente no lee poesía. En España hay grandes poetas jóvenes. Si los suplementos literarios optaran más por la calidad que por el clic, el periodismo cultural sería una maravilla. Ahora hay más escritores que lectores. Ahora hay más poetas que poesía. ¿Quién tiene la culpa, el mercado editorial, los medios, nosotros mismos? No lo sé. Que tire la primera piedra quien…

A pesar de tu identidad nicaragüense, el barrio madrileño de Carabanchel te ha visto crecer. ¿De qué manera ha condicionado o influido tu situación de inmigrante tu proceso de creación?

Hay algunos que me etiquetan como ‘Poeta de la migración’. No me gustan las etiquetas y menos esa, pues están reduciendo mi obra a un elemento literario que la compone. En mi quehacer poético y, en los cinco poemarios que he publicado, hay marginalidad, violencia, amor, desamor, nostalgia… ¿por qué quedarnos solo con la etiqueta de ‘Inmigrante’? Además, propia de un activismo rancio y poco genuino creciente estos últimos años. Es curioso ver cómo algunos no mencionan nunca mi poemario ‘Esta será mi venganza’ (Hiperión, 2024), que versa sobre una ruptura con mi exnovia. Allí vemos a un William herido, doloroso y agonizante de desamor. Ni pizca de lo migratorio que tan sólo se cuela en ocasiones externas. Las etiquetas, al igual que las comparaciones, son muy malas y no las escucho. Lo migratorio ha sido un condicionante vital que se ha trasladado a lo literario, pero lo mismo ha sucedido con la violencia y la marginalidad. Y ya que hablamos de etiquetas, me gusta más esa que colocan los chavales del barrio: “Poeta de la marginalidad”.

Estamos viviendo tiempos convulsos con el auge de discursos de odio. ¿Qué futuro le ves a Hispanoamérica atendiendo a este fenómeno en plena ebullición?

Se están extendiendo los autoritarismos por todo el mundo. América no iba a ser menos. Confío en la creación del sentido crítico, el poder de la palabra, la firmeza de la cultura literaria para conocer nuestra propia historia. Y, por ende, la global.

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